domingo, 25 de julio de 2010

Nuestra rudeza no nos abriga por las noches, pero nuestra dulzura hace que otros deseen abrigarnos

Existe una relación directa entre el grado de proximidad física que experimentan los niños y su salud mental.
La mayoría no abrazamos plenamente, ni siquiera a las personas que amamos. Pero por alguna razón misteriosa, equiparamos la ternura al sentimentalismo, la debilidad y la vulnerabilidad. Tenemos tanto miedo a dar como a recibir ternura.

Desmond Morris sugiere que el temor a tocar está relacionado con antiguos y generalmente inconscientes tabúes sexuales. Esta idea ha hecho que nos resulte difícil permitirnos cualquier tipo de contacto físico que no implique una participación sexual. El afirma que esto ha dado por resultado
... una inhibición masiva de nuestra intimidad corporal no sexual y esto se ha aplicado a las relaciones con nuestros padres e hijos (¡cuidado, Edipo!), nuestros hermanos (¡cuidado, incesto!), nuestros amigos del mismo sexo (¡cuidado, homosexualidad!), nuestros amigos del sexo opuesto (¡cuidado, adulterio!), y nuestros muchos amigos accidentales (¡cuidado, promiscuidad!). Todo esto es comprensible, pero totalmente innecesario.

Aprendemos a ser seguros sintiendo la calidez d un abrazo en los momentos de necesidad. Desde el momento de su concepción, el futuro niño está envuelto suavemente en la calidez y el abrazo del útero. Después de su nacimiento, es tan esencial la continuidad de esta seguridad que un niño que permaneciera sin caricias y abrazos, formaría una relación vincular con cualquier cosa que se encuentre presente, hasta con juguetes de paño o una madre mona adoptiva. Si se le niega toda experiencia táctil humana, el niño muere.
Una simple caricia tiene el poder de cambiar toda una vida.
Nuestra capacidad para relacionarnos estará determinada principalmente por nuestra experiencia táctil de niños. Las demostraciones de afecto son necesarias para la salud en todo momento.
Nuestra misma química orgánica varía cuando estamos físicamente cerca de otro.
Dr. David Bresler: "Produce adicción. Una vez que se ha comenzado a abrazar, ¡resulta muy difícil dejar el hábito!"

Desafortunadamente, y casi sin darnos cuenta, nos hemos vuelto gradualmente cada vez menos proclives a las caricias, cada vez mas distantes, y a la intocabilidad física se ha sumado la lejanía emocional. Es como si el habitante urbano moderno se hubiera puesto una armadura emocional y, con una mano de terciopelo dentro de un guante de hierro, comenzara a sentirse atrapado y alienado hasta de los sentimientos de sus compañeros más cercanos.

El sexo sin amor, al igual que cualquier droga, se convierte simplemente en la expresión de una necesidad física básica y de un deseo personal y se desgasta una vez que se ha llegado al orgasmo.
Evidentemente, las técnicas, como tales, no son malas, para jugar al golf, para actuar o para hacer el amor. Pero en el sexo, el énfasis excesivo en la técnica produce una actitud mecánica hacia el acto de hacer el amor y está acompañado de alienación, sentimientos de soledad y despersonalización.
Tengo la certeza de que si una persona ama a otra lo suficiente, el o ella descubrirá la posición setenta y tres o el punto Z o G o Q sin necesidad de un manual.

La mayoría ya estamos cansados del alejamiento. Tenemos la necesidad de encontrar una nueva proximidad, nuevas formas de acercarnos, de saltar las brechas entre nosotros y los que amamos. Es evidente que la proximidad física es sólo uno de los modos de comunicarnos. Y es esta comunicación el elemento vital para crear relaciones.

¿Cuánto tiempo ha pasado desde que alguien me tocó?
Hace veinte años que soy viuda. Respetada. Saludada.
Pero nunca tocada... Oh Dios, me siento tan sola.
Recuerdo a Hank y a los niños. ¿De qué otro modo puedo
recordarlos si no es juntos? A Hank no parecía importarle
que mi cuerpo engordara y se marchitara un poco.
El lo amaba y amaba tocarlo. Y los niños me abrazaban,
mucho... ¡Oh Dios, me siento tan sola! Dios, por qué
no educamos a los chicos para que fueran tontos y afectuosos
además de dignos y correctos. Llegan en sus autos
caros. Vienen a mi cuarto a saludarme. Conversan
brillantemente y recuerdan el pasado. Pero no me tocan.
Me llaman mamá, o madre o abuela. Nunca Minnie.
Mi madre me llamaba Minnie. Y también mis amigos.
Hank también me llamaba Minnie. Pero ellos se
han ido y Minnie también.

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